Crédito fotografía: 
Andrea Cantillanes y archivos cedidos
El fútbol amateur marcó a fuego al ex zaguero que dejó escritos y estampó el recuerdo del tricampeonato obtenido por la selección amateur de La Serena, que derivó en el Caupolicán en los años 1949-1951 y 1953.

Mucha fue la gente que a mediados de semana fue a despedir los restos de Manuel Rodríguez Huerta, un tofino nacido hace 86 años, que apagó su fuerza y su luz vencido por una complicada enfermedad. Fue un hombre del balompié amateur, seguidor de los equipos de la zona centro de la ciudad serenense y un hombre que hará que perdure por siempre en la memoria de quienes lo conocieron, la historia del Caupolicán que dejó grabada  en sus inconfundibles escritos en la vieja máquina de escribir con una firma que asemejaba un arco eran lo que hacían destacar al inconfundible "Chanclinca".

Fue su apodo, tanto o más potente que su nombre o las fuertes jugadas de las que como buen back central dejaba testimonio en las polvorientas canchas.

Partió a jugar en otra liga. A encontrarse con su mujer Graciela que hace un par de años le llevó la delantera, llevándose con ella también parte de su contagiosa sonrisa. Se complicó en el último tiempo con la salud de la columna. Caminaba apoyado en un bastón que se convertía en un ala de apoyo cuando partía a una cancha de fútbol por lejana que fuera.

Su hijo Archivaldo, el menor de los tres hermanos (Alejandro y Carlos completan el tridente), lo recuerda con esa alegría de siempre y por su orgullo de ser de El Tofo, lo que tenía registrado en su carné de identidad, “allá había Registro Civil y estaba inscrito ahí, aunque no le gustó cuando lo cambiaron a La Higuera”.

De hecho, la historia de su especial apodo proviene de ese poblado minero. Cuando daba sus primeras armas en el balompié amateur, defendió a Esperanza de El Tofo y el técnico de ese momento le preguntó a Rodríguez ¿de qué quieres jugar? “Yo quiero jugar de Chanclinca, le dijo confiado. Sorpresa y risas entre todos. Ocurre que había un viejo con ese apodo, nada que ver con el equipo, que jugaba con la 6. Desde ahí no se sacó más ese apodo”, agrega Archi, asumiendo que terminó por acostumbrarse a ese mote de joven.

Quienes lo conocieron en la cancha, hablaban de su fiereza, de su entrega, aunque no fue el protagonista como titularísimo en el seleccionado que alzó el tricampeonato en diciembre del ’53 que derivó en el Caupolicán, aunque ese legado lo dejó de testimonio en cientos de escritos reflejados en páginas en este mismo diario o entre sus amigos.

Nunca se fue de la región. Trabajó como jefe de estación de ferrocarriles en Vicuña. Se movió por El Palqui, Huatulame. Se jubiló a comienzos de los años 80, con 15 años de servicio gracias  una ley de pensión de vejez en el gobierno de Augusto Pinochet, por lo que después se movió en diversos rubros para mantenerse activo, ya fuera en la Constructora Andes, algo así como la actual Sacyr, y con Javier González, que fue uno de los primeros, sino el primero, en revisiones técnicas en la ciudad, en Avenida Francisco de Aguirre con calle Libertad.

“Hizo muchas cosas, siempre se mantuvo en movimiento, aunque fue el fútbol el que llenó todo. Acompañaba a los equipos a la cancha y hasta viajaba a los nacionales con los cuadros  regionales. Se fue a Pozo Almonte acompañando a Unión Minas, también a Combarbalá. Donde había fútbol ahí estaba él”.

Su partida también hizo botar sus lágrimas a don Demetrio Ocaranza (80 años), quien  lo recuerda de cuando defendían a la Primera Honor de Colo Colo de La Serena en los 60, “no lo vi cuando jugaban en las selecciones y ganaron el Caupolicán, pero eso a nosotros nos marcó a fuego en esos años. Ese fue un gran logro de esa época”, explica el exvolante.

Respecto de Manolo, lo define como  “un central de respeto, era recio, no de mala intención, tenía su buena estatura, prestancia, se hacía valer en la cancha. Desde ahí logramos una amistad por siempre, aunque después me fui a Santiago por unos largos 50 años y su partida nos ha acercado. Me lleva la delantera solamente, ya nos volveremos a encontrar”, indicó.

“Demetrio era de esos 8 que no se ven hoy día. En esos entonces no existían las redes sociales. Por mensajes, datos  y por boca de alguno que te había visto jugar, te recomendaban. Yo partí al Ferrobádminton que ya era profesional. Me iba con contrato, aunque me tenían que ver en cancha”, cuenta.

Ya en la capital, en un partido de Ferro con Aviación, ingresa en el segundo tiempo por Sergio Recabarren Huerta, “quedaron maravillados y cuando fuimos al Hospital de El Salvador para realizarme los exámenes, me encontraron una afección cardiaca que todavía la tengo. No podía jugar, se me derrumbó el mundo, no quería nada, no quise volver a la zona, fue una frustración muy grande”.

Nunca probó en otros equipos. Con el tiempo fue jugando con amigos, en los barrios, los fines de semana, “me volví un pichanguero. Era joven, pero con el fútbol profesional nada”.

Don Demetrio, nacido en Ovalle y criado en La Serena, ha vuelto a la zona después de 50 años en la capital. Es viudo, tres hijos (Demetrio, Marco Aurelio y Francisca), disfruta de diez nietos y 1 bisnieta y asume que si volviera a nacer, “volvería a jugar al fútbol”, que fue la nación que lo unió a Manuel Rodríguez y a toda esa generación amateur de fines de los años 50 y comienzos de los 60, que marcó a fuego sus vidas y permitió el impulso del profesionalismo en la región de Coquimbo y la creación de Club Deportes La Serena, que no debe, ni puede, olvidar su raíz.

En 1944, don Martín Barahona, esforzado agricultor en su chacra donde actualmente está el estadio La Portada, próximo a desaparecer, queremos hacer y recordar episodios brillantes del fútbol serenense, inolvidables para los que tuvimos la dicha de presenciar la conquista del Caupolicán en los años 1949, 1951 y 1953 que será recordado por siempre.

Barahona vivía con su familia y permitió que los menores que residían con sus familias en las calles Balmaceda, Amunátegui, Larraín Alcalde, Ánima de Diego, Benavente, Huanhualí, Callejón Las Yáñez (hoy Avenida Estadio), Callejón Las Rojas, Avenida El Santo y otros, retiraran las piedras y pudieran tener un espacio para poder practicar su deporte favorito -correr tras la redonda-. Todo esto se debió a que el Chato Roberto Rivera Rojas lo había observado y por qué no decirlo, tenía asomos de lo que, con el correr de los años, sería uno de los futbolistas con un currículum brillantísimo. Rivera fue integrante del equipo del Regimiento Arica, campeón de La Serena. El año 1951, el mismo año logró el título de la Olimpiada del Ejército en la cancha de Famae, en el parque Cousiño, y faltaba la última joya, campeón con La Serena en el estadio La Granja de Curicó. Además de capitán donde jugaba, también era el scorer.

Un recuerdo para los muchachos de esa época, ya muchos desaparecidos que se juntaban en la chacra Barahona, unas pichangas que terminaban cuando ya el sol se había escurrido: Tito Céspedes, el Bototo y el Pololo, también Céspedes, el Flaco Nancho González, el Gato Lincoln, los hermanos Jorge y Fernando Rivera; el Peca y el Chueca Ledezma, Mario “Narigón” Araya, El Burro Hevia, El Chueco Valladares, el Cojo Opazo, el Alma Negra Rojo; el Cabezón Fajardo y otros.

Los deslindes eran: al norte la muralla frente a Los Salesianos; al sur con las propiedades de la familia Westermaier; al lado del mar, Callejón Las Yáñez y Callejón Las Rojas.

 

ESCRITOS DE CHANCLINCA

“Mascarrieles” Zúñiga fue un superdotado, de un físico relativamente bajo. Tenía un dominio extraordinario con el balón, era imposible quitárselo, sus amagues y fintas eran todo un espectáculo. Las cicatrices, debido a un accidente, le habían dañado el rostro, de ahí el apodo. Víctor integraba el Carrera, conjunto juvenil que dio que hablar en la década del 40’. La formación más repetida era: Martínez, en el arco; “Cuadrado” Tapia y “Manriola” en la zaga. Línea media: Rolando Espinoza, “Tofino” Ponce y el “Chino” Rodríguez. En la delantera, “Paisano” González, “Cachorro” Esquivel, “Mascarrieles” Zúñiga, Baldomero Contreras y el “Wala” Gómez. A ellos se sumaba con frecuencia el “Pocho” Iturra, Homero Miranda, “Mellizos” Bravo y el “Cabezón” Contreras.
Cómo era lógico, con el paso del tiempo este grupo tenía que desintegrarse. Tapia y Esquivel fueron figuras importantísimas en la selección de La Serena campeona de Chile en 1949. Ambos pasaron posteriormente al profesionalismo. Espinoza, en tanto, fue preseleccionado para los Panamericanos de 1951 en Argentina, pero días antes de dirigirse a Santiago a integrarse a la delegación olímpica, se ahogó en la playa de El Temblador, tragedia que en esa época fue lamentada.
Ponce, El “Manriola” Jaime, Iturrieta, Miranda, Rodríguez, González, Contreras, fueron más tarde, figuras principales en los equipos de la Asociación local, Magallanes, Balmaceda, Santo Domingo y Almagro, entre otros.
Demetrio Ocaranza (agachado, segundo de izquierda a derecha con el balón), en los ’60, defendiendo la Primera Honor de Colo Colo junto a Rodríguez (primero de arriba izquierda a derecha). Fue una definición de campeonato contra La Serena.

 

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