• Alrededor de 25 minutos puede llegar a durar un vuelo sobre las parcelas ubicadas al costado sur del Cerro Grande.
  • Son cerca de 600 metros de altura la que alcanza el parapente logrando una visión privilegiada del paisaje.
  • Junto a Marcelo, al fondo, preparándonos para realizar el vuelo.
  • En la imagen Marcelo Coloma, quien lleva décadas dedicado al deporte aventura.
  • Justo antes del “despegue”, tomando posición antes de que el viento eleve el parapente.
  • Los primeros instantes en el aire, tomando velocidad para realizar el recorrido.
  • En el aire. Cuando la tensión se ha vuelto calma y se puede disfrutar de un vuelo sereno.
Crédito fotografía: 
Lautaro Carmona
El parapente es uno de los deportes extremos más populares, sin embargo, poco difundido en la región. Pero hay opción de practicarlo y vivir la experiencia de volar. Nosotros lo hicimos y contamos nuestra experiencia de saltar desde Cerro Grande hacia el vacío, hacia la libertad.

Volar, el sueño de muchos que Marcelo Coloma hace realidad. Cada día, ya sea desde la cima del Cerro Grande, en La Serena, o desde las dunas de Punta de Choros, en La Higuera, se lanza por los aires y es libre, es feliz.

Y es que el parapente es su vida. Desde niño, en su natal Viña del Mar, tenía un solo gran sueño. Él quería tener alas, como un pájaro y sentir el viento en su cara mientras surcaba los cielos.

Hoy lo ha conseguido. Con 40 años puede decir que hizo de su gran deseo una realidad y tiene una empresa dedicada a los deportes extremos que le permite vivir tranquilo haciendo lo que más le gusta.

UNA PASIÓN.

Sí. Hoy es un hombre exitoso en lo que hace, está en la cúspide de su carrera, pero no siempre fue así.

El elegir dedicarse a esto le costó más de algún reproche de sus padres, quienes, de hecho hicieron que ingresara a la universidad a estudiar ingeniería en informática, carrera que nunca ejerció. Y claro, cuando estaba en primer año conoció a un amigo japonés que un día le habló de un incipiente deporte que recién llegaba a Chile, el vuelo en parapente.

Marcelo quedó maravillado y de inmediato se animó a acompañar a su compañero a realizar el que sería su primer salto. No necesitó preparación y confiesa que fue “algo irresponsable”, ya que se abalanzó al vacío sólo, sin un acompañante y tuvo que aprender durante la caída a maniobrar el aparato. “Eso no se debe hacer, pero como antes uno no conocía mucho y tenía muchas ganas, me tiré nomás, pero tuve suerte. Me acuerdo que estábamos en Maitencillo en una playa y yo caí muy bien en la arena. Cero drama”, cuenta, alegre Marcelo, quien desde ese momento nunca más dejó de hacer del aire su hábitat natural.

LA EXPERIENCIA

También quisimos ponernos las alas y lanzarnos a la libertad. Y claro, si Marcelo puede, ¿por qué nosotros no? Nos armamos de valor y decidimos vivir la experiencia. Esa que han vivido tantos, pero que otros también prefieren observar desde lejos, con temor.

La cita es en Ulriksen con Cuatro Esquinas, en el sector de El Milagro. Allí nos espera Marcelo en su vehículo, con equipo completo. Cargado con uno de sus parapentes elegido especialmente para la ocasión.

“¿Están seguros que van a saltar?”, nos dice luego de saludarnos. “Completamente seguros”, respondimos, con una risa nerviosa, mientras subimos al vehículo cerro arriba.

En el trayecto Marcelo se explaya y sus palabras evidencian la pasión con la que vive este deporte. “Yo vuelo todos los días, aunque no tengamos reservas. Es una forma de vida, y la verdad es que me siento más a gusto volando que en tierra firme”, cuenta, con entusiasmo mientras esquiva casi de memoria los baches del empinado camino.  

Y es que si bien se trata de su trabajo, él no lo ve como tal, y se divierte. Lo disfruta igual como lo hacía hace décadas, cuando comenzó. Por eso le gustaría que el deporte fuera más difundido y que más gente se atreviera a practicarlo. “Uno entiende que  no toda la gente tiene acceso a un parapente y que de pronto hay mucho temor, pero hay que empezar por probar. Yo te aseguro que nadie que se haya lanzado después se arrepienta, porque la sensación de libertad es increíble”, relata el parapentista.

Claro, él dejó todo por esa libertad. De hecho, pese a que terminó su carrera, prefirió los deportes extremos. “La pega de oficina no es para mí. Por eso me dediqué a esto, tenemos parapentes acá y también en Copiapó. Pero antes también hice otras cosas relacionadas con el deporte aventura corrí  en auto, hice mucho salto en bungee, y estamos pensando en retomar eso acá e invitar a las personas a que también se atrevan”, cuenta, y en ese momento, sin siquiera percatarnos, ya estábamos en la parte más alta del Cerro Grande. “Aquí  es”, dice Marcelo, mientras en frente de nosotros el precipicio amenaza con doblegarnos.

CONTRA EL VIENTO

“Está más fuerte de lo habitual”, dice Marcelo refiriéndose al viento, cuando bajamos del jeep. Y no era necesario que lo mencionara, arriba, a unos 600 metros de altura la brisa es violenta y juega con la tierra haciendo remolinos. Cala fuerte en nuestros rostros, en nuestras expectativas de tener un salto tranquilo, plácido.

Esperamos unos minutos para que amaine un poco y en ese intertanto Marcelo y uno de sus amigos que trabaja con él arma el parapente, abren las alas. Lo hacen esforzándose más de lo normal, peleando contra las ráfagas furtivas que de tanto en tanto pasan sin avisar.

Pero lo logran. Para ellos es cosa de todos los días y en unos 20 minutos está todo listo. “¿No se han arrepentido, verdad?”, pregunta Marcelo, y le volvemos a mentir. “No, para nada”.

A LA CUENTA DE TRES

Chaqueta y casco puestos, bien asegurados a la silla. La seguridad es lo primero. Marcelo detrás de nosotros para maniobrar el parapente. Seremos su pasajero.

Dice algunas instrucciones, generales. “Es que esto es algo muy simple”, enfatiza, tranquilizándonos. Pero es en ese momento en que las dudas afloran.

Sabemos que vamos con un profesional experimentado, con todas las medidas de seguridad posibles, sin embargo la sensación de lanzarse al vacío, al abismo donde el viento manda, genera un nerviosismo que asusta, pero agrada.

“¿Listo?, a la cuenta de tres…1, 2,3”… y a correr. Son tres segundos para dar dos o tres pasos. Segundos que parecen durar una hora, pero que culminan cuando se acaba la tierra firme y comenzamos a volar. Sí, a volar y ahí el viento se lleva todos los temores, las aprensiones. Llega la calma, estamos flotando.

Del viento que soplaba insolente en la cúspide del cerro nada se siente y nuestro andar parece cortarlo como abriéndonos camino en el aire. Y es que el vuelo es más tranquilo de lo que pensábamos. “Una vez que saltas se van todos los temores”, sentencia Marcelo, mientras realiza algunas piruetas. Es hora de disfrutar después de tanta tensión.

TIERRA FIRME

Son 20 minutos los que estuvimos en el aire cuando llega la hora de aterrizar en una pequeña parcela a los pies del Cerro Grande, al costado sur.

Desde arriba se ve diminuta y lograr caer específicamente en ese lugar en ese minuto parece imposible, pero a medida que vamos descendiendo el terreno se va haciendo gigante hasta que nuestros pies tocan el suelo. Estamos nuevamente en tierra firme, vivimos la experiencia.

Y así como nosotros, todos pueden hacerlo. Así lo asegura Marcelo Coloma, quien ha descendido con gente que supera los 70 años. “No hay edad para esto”, nos dice mientras nos quitamos el parapente de encima para guardarlo y esperar el jeep que nos llevará de vuelta. En ese momento, recuerda la historia de un hombre que conoció hace algunos años, y que grafica de manera perfecta el amor que se puede llegar a sentir por el deporte.

“Me tocó conocer a un caballero  mayor que en su juventud había volado en parapente, pero tuvo que dejar de hacerlo por distintas razones. Pero con el paso del tiempo él se enfermó y dijo que su último deseo era volver a volar. Acá lo recibimos y voló, se fue súper feliz”, relata Marcelo, con algo de nostalgia. Claro, tiempo después se enteró que aquel hombre falleció tras haber cumplido ese anhelo, aquella fantasía con la que todos soñamos cuando niños. Esa que podemos cumplir todos hoy en día en La Serena o en Punta de Choros, la magia de volar.

¡A VOLAR!

Marcelo Coloma trabaja de manera independiente, por lo que se puede llamar en cualquier momento para reservar un vuelo al +56942432517. El precio es de 45 mil pesos, pero claro, si usted dice que leyó la nota en diario El Día, el descuento está comprometido.

 

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