Sr. Director:

El invierno golpea nuestra región con fuerza. La humedad penetra nuestros muros con malicia y el frío se sienta a nuestras puertas con semblante grueso y severo, como un anciano titán. En respuesta, como ocurre cada año, muchas campañas de caridad y asistencia social invitan a la comunidad a tender la mano los pobres, o como yo prefiero llamarlos, los desafortunados.

Nunca he creído que aprender por ensayo y error sea sano, pero si algo me enseñaron esos indecibles errores de la adolescencia, fue que mi futuro poco tenía que ver con lo que yo era y quería. Lastimosamente me di cuenta de que, aun haciendo mi mayor esfuerzo, si la suerte o la bendición no me acompañaban, me podía quedar de pronto totalmente acorralado y desposeído. Una imprudencia de medianoche, alguna enfermedad fulminante, hasta un quiebre del mundo político, todo, cerca o lejos, podía aplastar sin más lo poco que había logrado o soñado hasta entonces.

¿Y qué podía hacer yo, tan pequeño y amenazado? ¿No deberían ayudarme? ¿No debería poder hacer lo mío sin más preocupación que esforzarme? ¿Hasta cuándo será así?

Un amigo que escuchaba mis lamentaciones -a quién siempre agradeceré- me lo dijo: hazte voluntario. Lo hice. Y entonces, me reconcilié con el mundo.

No, no me pasó que por conocer a gente en peores condiciones que yo mi vida comenzó a parecerme buena y perfecta. Para nada. Es más, personalmente hasta me parece egoísta pensar así ¡No se trata de eso! Lo que yo descubrí, es que cuando te encuentras recogido en tu cama, deseando que el mundo te sonría un poco más, que te aliente por las mañanas, que te abrigue por la noche, que te acaricie cuando enfermas y perdone cuando falles, un mundo más modesto y más amable, si no lo construyes tú para otros, nadie más lo hará, ni para ellos ni para ti. Y me emocioné tantísimo de saber que estaba muy lejos de ser el único con ese gemido en el corazón.

Si la vida es una oportunidad, su forma más sencilla, pura y bella, es la solidaridad. La pobreza es la gran tragedia del mundo, incluso en las mejores sociedades, y si no hubiera pobres, siempre habrá desafortunados. Ofrecerles nuestros hombros desnudos y nuestras manos abiertas, ahora y siempre, llenará nuestro corazón de verdadera sangre y nuestros ojos de verdadero brillo, porque la encomienda más noble del hombre, la fuente y el fuego de su tiempo y fuerzas, es servir.

El invierno es la época con más espacio para la solidaridad. Hoy, más que nunca, podemos ofrecer el calor de nuestro pecho a quienes no pueden cerrar sus ojos de frío. Volvamos a dar, y entonces, volveremos a vivir.

Lincoln Torres

Voluntario Fundación Techo

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Autor

Estudiante de Medicina de la Universidad Católica del Norte. Aficionado a la música y las letras.

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