• Eva Pereira y Cosme Morales caminan por Pueblo Nuevo, o lo que quedó de este sector luego de que fuera devastado por el terremoto de 1997.
  • Quien era alcalde de Punitaqui cuando ocurrió el terremoto visitó 20 años después el lugar donde falleció una familia completa en el derrumbe de su casa en Pueblo Nuevo.
  • Eva y Cosme en su hogar, revisando el archivo histórico de diario El Día, en la jornada en que ocurrió la tragedia.
  • Las animitas de Pueblo Nuevo se mantienen decoradas por los vecinos que no olvidan lo que sucediera en aquel fatídico día.
  • Fernando Salinas hoy vive en Villa Pueblo Nuevo, lugar donde fueron trasladados los damnificados de Pueblo Nuevo luego del terremoto.
Crédito fotografía: 
Lautaro Carmona
Habitantes de localidades como Pueblo Nuevo (Punitaqui), La Chimba o Sotaquí (Ovalle), admiten que hubo ayuda, pero que no fue para todos y que se centró en los puntos más visibles.

En Pueblo Nuevo el silencio habla, implacable. Es mediodía y la desolación parece ser la única habitante del lugar. 

Se escucha uno que otro perro que ladra al advertir nuestra presencia, pero luego se callan, cansados, para volver a refugiarse en las viviendas desde donde se asomaron, simples construcciones que no dan indicio de estar siendo habitadas. 

Sólo Eva Pereira rompe la monotonía. La mujer de 80 años avanza por el camino de tierra que atraviesa el pueblo cargando dos baldes de agua, batallando con el intenso calor, con sus dificultades para caminar, con la desesperanza y el abandono de un sector donde el tiempo se detuvo hace exactamente 20 años, cuando la tierra se remeció y acabó con la historia de localidades completas, pero que impactó de la manera más cruda justamente a este sector ubicado al interior de Punitaqui, donde falleció una familia completa y dejó al pueblo convertido en escombros. 

VIVIENDO CON EL TRÁGICO RECUERDO.  Eva y su marido Cosme Morales, ambos de 80 años, viven solos. Sus hijos ya crecieron y emprendieron otros rumbos lejos de la Provincia de Limarí la que el 14 de octubre  de 1997 fue el epicentro de uno de los terremotos más devastadores que hayan tenido lugar en Chile, dejando ocho muertos, 55.825 damnificados y 5.319 viviendas destruidas. 

Son de los pocos habitantes que por decisión propia decidieron quedarse allí, en Pueblo Nuevo tras el evento natural, ya que, según aseguran, “fue una bendición de Dios” el que su casa haya sido la única que no resultó destruida en el pueblo tras el sismo de 7,1 grados. 

“Somos personas muy creyentes y habíamos terminado hace muy poco rato de orar con mis hijos”, cuenta Eva, en el solitario hogar donde nos recibe y recuerda la que fue “la experiencia más fuerte de su vida”. 

Pero cuando ya se iban a acostar, pasadas las 22:00 horas (22:03), se sintió un remezón pequeño, el que de un momento a otro se volvió mucho más fuerte y mortal. “No tuvimos tiempo para nada. Fueron como dos minutos terribles y a lo único que atinamos fue a sacar a los niños de las piezas, salir a la calle, abrazarnos y esperar a que terminara la cosa”, relata Eva Pereira. 

Y fue en ese momento en el que se dieron cuenta de lo devastador que había sido el movimiento telúrico. “Estaba todo en el suelo, absolutamente todo”, dice Cosme, el marido de Eva quien toma su cabeza con las dos manos cuando trae a la memoria aquel 14 de octubre, sobre todo por lo que le tocó ver justo frente a su vivienda, en el inmueble donde Eliana Álvarez Rojas (42); Jaime Muñoz Segovia (42); Richard Muñoz Álvarez (17), John Muñoz Álvarez (16) y el pequeño Rodrigo Muñoz Álvarez, de dos años, perdieron la vida producto del derrumbe de su casa. “Todos al principio intentamos buscar a los nuestros, pero al final terminamos ayudando a la familia del Jaime (Muñoz), porque su casa estaba destruida y ellos no aparecían. Entonces empezamos a remover escombros, llegó personal de emergencia y como a la media hora se encontraron los cuerpos. Ahí supimos que todos estaban muertos, porque el terremoto los pilló a todos acostados y la casa se derrumbó hacia adentro. Así que no tuvieron ninguna oportunidad de salvarse. Eso fue algo que a mí realmente me devastó”, recuerda Cosme, emocionado. 

Él era amigo de los fallecidos desde que llegaron desde el norte en 1995, sobre todo de Jaime, un hombre bastante conocido en el pueblo por su gusto por el fútbol, pasión que también cultivaban sus hijos, todos hinchas de la Universidad de Chile. “Siempre andaban con una pelota esos niños, hasta el más chiquito. Se notaba que era una familia dentro de todo feliz, y yo lo hablo con conocimiento porque el Jaime siempre venía para mi casa y conversábamos harto. De hecho, el día anterior había estado conmigo tomándose un vino tinto”, cuenta quien, hoy por hoy, es uno de los pocos habitantes de Pueblo Nuevo. 

EL LLANTO DEL TIGRE.  Y allí, tan sólo a unos metros de la casa del matrimonio solitario, hoy yace el recuerdo de los cinco fallecidos de Pueblo Nuevo. En el lugar donde estaba emplazado el hogar de la malograda familia se levantan las animitas en torno a las cuales se ha construido una pequeña plaza, con sus nombres y donde llegó también hace 20 años, pocas horas después del terremoto quien por entonces era el alcalde de Punitaqui, Blas Araya. 

“El Tigre”, que en la actualidad ejerce como concejal por la comuna de Ovalle, nos acompaña en el periplo por la provincia de Limarí y cuando arribamos a la zona que resultó totalmente devastada no puede evitar emocionarse una vez más. “Uno se va poniendo viejo y no puede evitar ponerse más sensible”, dice de entrada Blas, mientras avanza por la pequeña plazuela. 

Pese a que han pasado dos décadas mantiene fresco ese pasado triste que constituyó la etapa más difícil mientras estuvo en el sillón edilicio, tanto a nivel personal como político. “Mi casa también sufrió serios daños esa vez, pero yo me preocupé de que mi familia estuviera bien y apenas los dejé a salvo, bajé en mi camioneta a la municipalidad con mi hijo Pedro, para ir a prestarle ayuda a la gente. Ahí recibimos la información de que el lugar más complicado era Pueblo Nuevo, así que fue nuestra primera parada. Para qué te cuento cómo estaba todo. Postes botados, cables, alambres, algo terrible”, recuerda Blas, sentado en un banquillo sin quitarle la mirada a las animitas que tiene enfrente. 

El desastre que vio en el camino no era comparable a lo que percibió cuando llegó al pueblo. Allí la gente ya estaba desesperada porque los cuerpos de las cinco personas habían sido encontrados sin vida. “Fue algo impresionante, los cuerpos estaban ahí en fila en el suelo, pero lo más doloroso fue que había una guagüita, eso fue lo más doloroso que me tocó ver y nunca lo voy a olvidar. Todos estaban afectados, pero no había nada que se comparara con lo que estaba pasando ahí en Pueblo Nuevo, por la muerte de esa familia”, relata Araya. 

¿AUTORIDADES AL DEBE? Según cuenta Blas Araya, las soluciones finalmente llegaron. Sin embargo, de acuerdo a lo expresado por Eva Pereira y Cosme Morales, estas no fueron para todos.

Precisamente ellos, junto a las otras familias que decidieron quedarse en la azotada localidad, sienten que fueron perjudicados ya que a los demás se les trasladó a otro sector que se denominó Villa Pueblo Nuevo y cuyas casas fueron entregadas por el Gobierno de manera gratuita pero los demás, según Eva Pereira, no recibieron ningún tipo de beneficios. “Yo aquí vi a Cecilia Bolocco, al Kike Morandé. Ellos estuvieron en mi casa y me felicitaron porque era una de las pocas que había aguantado, entonces era como un milagro. En ese momento me sentí muy orgullosa y decidí quedarme acá, pero pensé que tendríamos más apoyo”, dice Eva, con algo de resignación. 

Su esposo Cosme enfatiza que, en la actualidad, la localidad se encuentra en un completo abandono, ya que todo se centró en quienes partieron. “Por suerte tenemos energía eléctrica, pero ese es el único avance que ha habido después del terremoto. Aquí no hay agua potable y en vez de intentar reconstruir el pueblo, a la gente la trasladaron a la villa, pero no pensaron en nosotros que siempre vivimos aquí y no quisimos alejarnos. Todo lo que ve usted acá, en nuestra casa y las otras que se mantienen es por el esfuerzo personal, porque el abandono acá es evidente, con decirle que por acá no pasa ni el agua”, dice Cosme. 

Juan Gallardo es otro de los que decidió continuar en Pueblo Nuevo. Por el 97 se encontraba trabajando en la minera Potrerillos en el norte del país, pero justamente venía viajando a la zona cuando ocurrió el terremoto y al llegar simplemente no podía creer con lo que se encontró. “Estaba todo destruido y la gente desesperada porque habían muerto estas cinco personas, que eran muy conocidas en el sector”, manifiesta Juan.  

También está decepcionado. Asegura que a él, pese a que su intención era quedarse en el lugar, simplemente le negaron ser trasladado a la Villa Pueblo Nuevo donde a todos los damnificados les entregaron una solución habitacional. “Creo que fue injusto, porque yo también vivía acá, y mi casa también se destruyó por completo, pero lamentablemente las autoridades de la época a mí me dijeron que como yo trabajaba en otra parte, no me iban a ayudar con esa vivienda a la que sí pudieron optar todos los demás habitantes que se fueron”, dice el antiguo habitante de Pueblo Nuevo, develando una inconformidad que todavía guardan algunos de los afectados por el terremoto. 

UNA CIUDAD DEVASTADA.  Sin duda las localidades interiores fueron los que sufrieron las mayores consecuencias y el caso de Pueblo Nuevo es la máxima expresión de ello. Pero el centro de la ciudad también resultó con graves daños. “Tenemos 300 casas destruidas y los colegios no pueden funcionar, el municipio está en el suelo y el consultorio tampoco puede operar, porque las paredes se caen en cualquier momento”, declaraba el alcalde Blas Araya a diario El Día el 16 de octubre de 1997.

Es que, sobre todo durante la primera semana tras el desastre, la situación era caótica. Así lo recuerda Guillermina Maldonado, punitaquina y quien ahora atiende una mueblería en la calle principal de la ciudad, quien ratifica lo expresado por el exalcalde y asegura que todavía vive con miedo, aunque haya pasado tanto tiempo. Es más. Para ella, lo de 1997 fue peor a lo vivido en septiembre del 2015. “No hay punto de comparación. Después de lo que vivimos acá hace 20 años no ha habido día en que yo no sienta miedo, porque las réplicas siguieron tan, pero tan fuertes, que no podíamos quedarnos tranquilos. Para mí fue un gran trauma y te confieso que todavía no lo supero”, cuenta Guillermina. 

La mujer también está algo decepcionada. Asegura que en su momento prometieron mucho, pero, según dice, sólo preocupándose de la reconstrucción en los lugares que eran más visibles, como las ciudades grandes y los pueblos que sacaron la peor parte. “Sé que se hicieron cosas y que la provincia y la comuna se pudo levantar, pero no fue igualitario. Nuestra casa también sufrió daños grandes, casi pérdida total, pero yo te puedo decir que no recibimos ni un peso por parte del gobierno. Otra gente sí, y bien por ellos, pero la ayuda debió haber sido la misma para todos los afectados y en todos los lugares. Había políticos y artistas que vinieron para acá sólo para la foto y después nada se supo”, relata la mujer.  

UNA TAREA TITÁNICA.  Es cierto. Puede que tanto en Pueblo Nuevo como en Punitaqui mismo haya gente que no quedó conforme con la colaboración que se prestó ni con el tiempo que demoró, pero aquello, según hoy reconoce el por entonces alcalde Blas Araya, tiene que ver con la burocracia que imperaba en esos tiempos que hacía muy difícil obtener recursos, desde el nivel central. 

Esto llevó a que fuera el mismo edil quien viajara por su cuenta a hablar con el presidente de la época, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, para que agilizara la entrega de ayuda. “Si no querían venir, yo le digo de verdad, desde Santiago no querían venir porque para ellos esto no había sido un terremoto, sino que un simple temblor y le intentaban bajar el perfil. Claro, como no había redes sociales ni nada de eso, las imágenes que ellos habían visto allá no reflejaban lo que realmente era eso, por eso que yo ese mismo día viajé en la noche, me fui a La Moneda a esperar al Presidente, y cuando pasó le dije que viniera para acá, para la zona que necesitábamos ayuda. Esto, en el intertanto en que él iba entrando. Yo creo que no entendía demasiado lo que pasaba, pero después supo quién era yo”, dice “El Tigre” de Punitaqui. 

Nunca se sabrá si el viaje de Blas Araya apresuró la venida, pero el día 17 de octubre el Presidente Frei llegó a la zona acompañado de una comitiva ministerial y comprometió la entrega de recursos para la reconstrucción. En esa oportunidad, el por entonces alcalde de la comuna más afectada por el desastre volvió a sorprender. 

De acuerdo a lo que consignan los diarios de la época, Araya convenció al subsecretario de Gobierno, Belisario Velasco, para que visitara personalmente la localidad de Pueblo Nuevo, donde murieron cinco personas, y, la autoridad habría quedado impresionada, lo que motivó a que más tarde la localidad fuera una prioridad y un símbolo a la hora de levantar la zona devastada. 

De a poco se fue avanzando en la provincia, y por supuesto en Punitaqui. El día 19 comenzaron a llegar las viviendas de emergencia y la efervescencia por levantar a la gente que había sufrido los embates del terremoto se hizo más grande, viniendo incluso los programas de televisión más exitosos de la época a realizar sus transmisiones a la región. Y ya para el 24 de octubre vinieron siete ministros para elaborar un plan completo de reconstrucción, la que igualmente tuvo altos y bajos, según recuerda Blas Araya. “Siempre hubo que estar apretando a la gente de Santiago, porque usted sabe como son estas cosas. Al principio todos se comprometen, pero pasa el tiempo y si uno no se mueve, no hace las gestiones, la cosa no avanza, por eso es que yo seguía yendo a La Moneda y un día estuve parado en la puerta de la oficina del ministro del Interior de ese entonces, que era José Miguel Insulza, hasta que me atendió. Ese era mi estilo, y creo que resultó. Seguramente que hay gente que piensa que se pudo haber hecho más y más rápido, pero las cosas no dependen de uno”, asegura Blas, mientras recorremos el centro de Punitaqui. 

UNA NUEVA TIERRA.  Más allá de los cuestionamientos, en lo concreto la gran mayoría de los habitantes de Pueblo Nuevo tuvo una solución. Tres años después, en terrenos cercanos a la localidad que fue devastada, se emplazó la denominada Villa Pueblo Nuevo, donde llegaron a vivir cerca de 300 familias. 

Fernando Salinas fue uno de los beneficiados. Recuerda con dolor cómo cambió su vida hace 20 años, pero no puede evitar emocionarse al contar cómo logró salir adelante luego del desastre. 

Sentado en la pequeña plaza del lugar en donde tiene un negocio de abarrotes, asegura que pasó de perderlo todo a recuperar su vida en no demasiado tiempo. “Yo fui uno de los tantos que quedó en la calle, que pensamos que nunca íbamos a poder levantarnos, pero aquí estoy. Usted me ve, con mi familia estamos todos bien, tenemos nuestro negocio funcionando y si bien nadie nos va a quitar ese dolor de haber visto morir a cinco vecinos y amigos, no podemos desconocer lo que se hizo, y lo que hicimos nosotros mismos por surgir”, cuenta el vecino, quien también fue dirigente por aquellos años cuando la tierra sacudió Punitaqui, devastando pueblos, vidas y esperanzas. 

OVALLE, UN RENACER CON LUCES Y SOMBRAS.  Hoy es sin duda una de las comunas más pujantes de la región. Hace poco se terminaron las obras del estadio y la edificación del nuevo hospital avanza a pasos agigantados. 

Pero hace 20 años el futuro no era demasiado alentador. Sobre todo después de lo ocurrido aquel fatídico 14 de octubre cuando el violento sismo también dejó más de 2 mil casas destruidas en 12 localidades rurales, además de una persona fallecida en el sector de La Chimba, lugar que además, fue uno de los que el terremoto devastó con más fuerza dejando un 80% de las viviendas en el suelo. 

“Vamos a  extremar los esfuerzos para levantar la comuna y particularmente a este poblado, porque el daño ha sido impresionante y muy trágico”, declaraba a diario El Día el por entonces alcalde de Ovalle Alberto Gallardo. 

El exedil, ahora consejero regional por Limarí, recuerda esos momentos con sentimientos encontrados. Por una parte le afecta el que la comuna haya sufrido tanto, pero cree que finalmente las cosas se hicieron bien, en buena parte por la solidaridad que mostraron otras comunas de la región Metropolitana, además de la ayuda estatal.

“Son cosas que no se olvidan. Desde el primer minuto fuimos a constituirnos a los lugares más afectados y donde primero tuve que acudir fue al embalse La Paloma, porque se comentaba que había fisuras y se empezó a generar una psicosis colectiva de que el tranque se podía venir abajo y que el agua arrasara con todo. Pero al final, afortunadamente era una falsa alarma y eso hubo que comunicarlo rápidamente. Afortunadamente entendieron bien”, relata Gallardo. 

Pero sin duda la emoción que siente al rememorar el episodio llega a su máxima expresión cuando habla de la Chimba, el lugar donde falleció un menor de 10 años de edad producto de que su pieza de adobe se derrumbó por completo mientras él dormía. “Todo lo demás se puede recuperar. De hecho, se recuperó gracias al trabajo importante que se hizo, en conjunto con todas las comunas afectadas, y la solidaridad que tuvieron, por ejemplo, la municipalidad de Santiago, pero lo de La Chimba nos dolió más que todo, porque eso no se puede recuperar, es la vida de un niño”, cuenta la exautoridad. 

EL DOLOR DE DOÑA LUZMIRA. Cuando llegamos a La Chimba la sensación es diferente a la que tuvimos al llegar a Pueblo Nuevo, en Punitaqui. La realidad que han experimentado ambas zonas, dos de las más afectadas por el terremoto de 1997 ha sido disímil. Mientras una prácticamente no existe y sus pocos habitantes se sienten abandonados, la localidad ovallina ha sabido de progreso. De hecho, en septiembre del 2015 la calle principal de La Chimba fue pavimentada, lo que significó un gran avance para el sector. 

Sus habitantes se manifiestan conformes con la situación actual y valoran el progreso que han tenido. Eso sí, admiten que la ayuda tardó en llegar y que en los primeros momentos tras el desastre hubo abandono. “A nosotros la casa se nos cayó y nos dieron una de emergencia, pero fue poco lo que se pudo hacer. Éramos siete personas y estábamos hacinados, fuimos muchas veces al municipio, pero al parecer nos dejaban como en una lista de espera porque no recibimos más ayuda y lo que tenemos hoy, lo tenemos por nuestra cuenta”, cuenta Silvia Solís, a quien encontramos sentada a la salida de su vivienda reconstruida. 

Y es la misma Silvia quien nos da indicios del lugar exacto donde falleció el pequeño Sergio Bugueño, de 10 años, producto del terremoto. 

Su casa está en pie, pero la pieza donde él se encontraba al momento del derrumbe nunca más se puso se levantó. “Preferimos dejarlo todo así nomás”, cuenta la señora Luzmira de la Cruz Cuello, abuela de Sergio, quien relata la corta historia de esta víctima del terremoto. 

El pequeño se encontraba viviendo con su abuela en el año 1997, ya que hace poco había salido de un hogar de menores donde llegó debido a ciertos problemas que tenía su madre. Y no estaba solo. En la misma habitación en la que se encontraba Sergio, pasaba la noche un primo, el cual salvó de milagro. “Yo acababa de dejar a los dos niños ahí dormidos, cuando de un minuto a otro siento el remezón. Salí de la otra pieza que está separada y vi cómo se estaban cayendo los muros. La desesperación fue tremenda porque no tenía nada qué hacer, sólo esperar el remezón y rezar”, relata la mujer de 84 años. 

Una vez que la tierra dejó de moverse, se abalanzó esperanzada sobre los escombros para buscar. Pero se encontró con la peor imagen, vio a su pequeño nieto bajo el adobe. En ese momento llegaron vecinos para ayudarla, sacaron al pequeño, pero ya era demasiado tarde. “Tenía la esperanza de que estuviera vivo, pero ya después me avisaron del hospital que mi chiquito se había ido. El único consuelo que me quedó fue que el primito alcanzó a arrancar. Pero nunca, nunca me voy a poder olvidar de la imagen del Sergito ahí, tirado mi niño”, relata Luzmira, quien no puede evitar el llanto. 

Ella llora, llora como hace 20 años lloró toda una región y todo un país por la tragedia de Limarí que tuvo su epicentro en Punitaqui. Un terremoto que fue la antesala del ocurrido en septiembre del 2015 cuando la fuerza de la naturaleza también se ensañó con la zona, pero con muchas menos posibilidades de convencer a las autoridades a nivel central de que el desastre era de proporciones, por lo que la ayuda fue mucho más lenta. De hecho, para algunos nunca llegó y todavía sienten el abandono.

ACTUAL EDIL RESPONDE A CUESTIONAMIENTOS

•••  El actual alcalde de Punitaqui Carlos Araya era funcionario municipal cuando ocurrió el terremoto, y además le tocó de muy cerca en lo emocional ya que es oriundo de Pueblo Nuevo, la localidad más afectada. 

En ese sentido, responde a las críticas de los habitantes que se quedaron en el lugar tras la erradicación  quienes señalan que se sienten abandonados. “La gente de Pueblo Nuevo debió haberse ido de ahí, porque el tema es que hubo una intervención estatal en ese espacio hace muchos años y al haber esa intervención hubo que retirar energía eléctrica porque si no la gente va y comienzan a armarse campamentos al final del día, eso entendible, pero no se puede fomentar. Después incluso hubo un acuerdo con privados que compraron los terrenos de esas casas”, manifiesta. 

El edil, además, precisa actualmente que en Pueblo Nuevo, la gente que habita no es la originaria del lugar y que vivió el terremoto. “Si tú vas a Pueblo Nuevo te vas a dar cuenta que han llegado otras personas que no eran de ahí. Entonces hay que estar claros para ver quiénes son los que de verdad eran de ahí, y por eso se está haciendo un catastro precisamente por el tema de la tenencia de la tierra. Debemos mejorar el servicio, pero tomando en cuenta el decreto estatal que erradicó pueblo”, indicó el edil.  

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